#Fuegoentusojos. Reseña en proceso

por Fernando García

Las manos en el fuego: vayan. Arranco por el final antes de que me digan que soy poco objetivo. Vayan. Como después de ver una peli muy buena, anoté un más o menos registro de lo que vi. Razones para ir hoy o mañana. Sépanse en un texto inestable, si no saben ya que no paro de editar.
Actrices que corren, posan con ojos de pura mirada. Todo está empezado pero te ubicás enseguida en la novela: tres mujeres fantasean en una provincia calurosa y fluvial. ¿Quieren lo mismo?
Paseíto de amigas entrelazadas en el recreo, la plaza, la peatonal o la costanera. Salen a mirar y ser vistas. Se alían y se pelean. Secretean. Hablan de irse a la capital, de quedarse en el pueblo. El melodrama se concentra en la tensión. 
La promesa del galán, ya solo sostenida en la publicidad, se cae aplastada por el deseo que no tiene límite; y la historia, pegada al fantasear, se desarrolla hacia adentro. Ahora estamos leyendo el diario de una búsqueda (¿de quién? ¿de una o de las tres?). 
El embeleso de Fuego en tus ojos hace que se me cuelen palabras, que no estaban antes acá en mi discurso. Cursis, trilladas, sentimentales. Recorrer los cuadros de ese interior investigado, es como transformar una película de Almodóvar en una galería. También pasan por ahí la Coca Sarli, Puig, Lía Crucet, los boleros. Citas y procedimientos, préstamos y homenajes conviven en amorosa igualdad. Toda mi envidia para quienes no padecen semejantes autocensuras ni necesitan el anticuerpo de la parodia o largas paráfrasis para pronunciarlas. Digo que también lloré llanto de lágrimas, por la intensidad actoral, un poco porque siempre estoy ahí cuando algo me encanta, otro porque estoy aprendiendo.
Me gusta pensar que como espectador soy un repitente empedernido, En teatro hay que aprovechar para mirar dos, tres, cuatro veces. Salir. Ir.

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