PALABRA ESCRITA, PALABRA TRAICIONADA.

LO VITAL EN EL AULA Y EN LA ESCENA


Sección: La lengua desbordada.

http://www.eltoldodeastier.fahce.unlp.edu.ar/numeros/numero16/pdf/LLDCampanaro-Poncetta.pdf 

 

 

Por Gisela Campanaro y Julián Poncetta
 

 

 

Poner el cuerpo: la dramaturgia en el aula.


La escena, como el aula, es siempre un espacio impredecible. Hoy pienso que, en mi formación en Letras, el peso siempre estuvo puesto en lo escrito. Quizás por eso empecé a escribir teatro. Sabía que ahí podía encontrar algo más vital; un lugar donde aparecían cuerpos, personas, palabras desde otro lugar que nunca había conocido. Escribir teatro y hacer teatro se volvieron procesos absolutamente cercanos y necesarios, incluso en la escuela. 


 Mi experiencia de teatro en mi paso por la secundaria fue simplemente leer. Lecturas muchas veces fervientes, comprometidas, pero lecturas al fin. Texto y cuerpo en la silla. Hoy, como docente, cada vez me resulta más incómoda esa quietud impuesta, fundamentalmente si vamos a trabajar un texto dramático (como le llamamos en la escuela). Cuando comencé a vivir la escena de una forma personal, empecé también a tener ganas de hacer otra cosa en el aula, pero no sabía qué. En el 2015, probé algunas ideas con dos grupos de tercer año. Leímos La isla desierta, de Roberto Arlt. Es una obra que me encanta justamente porque los personajes, encerrados en una oficina al comienzo, terminan danzando, casi desnudos, en una seudo rebelión. Después de leer la obra varias veces, les pedí a los chicos/as que revisaran gestos, que se pararan. ¿Qué podía hacer con todo eso? Algo tenía que hacer pero no sabía qué. Entonces probé algunas improvisaciones. Eso funcionó. Pero lo que yo quería, trabajar con textos específicos, no. Al menos esa fue mi impresión. Entre los recuerdos de ese año, hay un momento importante, que recién ahora puedo resignificar. En una de las clases el grupo de la tarde me pidió ir al patio. O en realidad todos/as quisimos salir. Probamos lo mismo que veníamos trabajando, pero en otro espacio. Uno de los chicos, siempre muy tímido sobre todo con su cuerpo, se plantó como nunca antes lo había hecho. Dijo, pero no sólo con palabras. Mientras escribo pienso que en las clases a veces pasan cosas que solemos olvidar en la neurosis de la planificación y los tiempos marcados. Pero ese reservorio de momentos, trascendentales diría, para pensar nuestras prácticas, ¿qué hacemos con eso? El año pasado volví a tener un grupo en la escuela que se enganchó mucho haciendo teatro. También un tercer año. Y yo me sentí en un momento diferente en mi formación teatral, con muchas ganas de probar otras cosas. Leímos Bodas de sangre. Después, les pedí que escribieran una obra que partiera de los mismos parámetros pero desde la actualidad. Surgieron varias cosas: infidelidades, tragedias, confusiones. El problema era, otra vez, qué hacer con eso. No quería que quedara en una lectura, quería que probaran esos textos en la escena, que iba a ser el aula. Para acercarlos a lo que yo buscaba propuse dos cosas: máscaras y un velador. Las máscaras generaron un primer momento de diversión (ocultarse en ellas, jugar, sacarse fotos). El velador generó algo que yo llamaría la magia escénica. Cerramos los postigos, apagamos las luces, y cuando ese velador de mesita de luz se prendía, no había vuelta atrás: tenían que arrancar. Esa magia tenía mucho que ver con la transformación del espacio. Ya no era el aula, era otra cosa. Algo impredecible. Entonces me sentí en un lugar de profe-directora de escena; me fasciné con ellos/as, me divertí, no quería que terminaran esas clases, pero también me generó miedo, dudas. ¿Ésto hace una profesora de lengua en su clase? Pasó algo muy interesante, también, con los cuerpos de los/as chicos/as. Si hay algo que me resulta extraño es verlos/as fuera de sus bancos trabajando. A veces pareciera que todos/as fueran una multiplicidad de torsos y brazos y cabezas. Cuando pasaron en grupos, uno de los chicos había faltado varias veces y no quiso sumarse a trabajar con nadie. Pero le encantó la idea de ser el iluminador de cada grupo. Y a mí me encantó su propuesta. Un rol distinto, que él eligió. Uno de los grupos estaba enganchadísimo con el trabajo; estos chicos habían escrito un culebrón, con traiciones y muertes. En el medio de la representación de un accidente automovilístico, empiezan, sin mucha planificación, a lo que yo llamo ponerle el cuerpo. Como una necesidad. Los cuerpos en escena, activos, nos movilizaron a todos/as. En ese momento hasta me salió una frase muy propia del teatro: “es genial lo que hicieron, pero cuiden sus cuerpos en las caídas”. El resultado de esas clases fue variado. La preceptora me preguntó qué había pasado, con un poco de fastidio, porque estaban todos demasiado eufóricos. Yo me quedé con ganas de seguir trabajando en las obras, pero la planificación del año me tiró para atrás. Muchas veces no sé qué hacer con eso; cómo acomodar las decisiones, los deseos propios y ajenos con los tiempos escolares. Cuento otro momento, de esos que quedan en el reservorio de ideas: uno de los chicos de ese año era el típico ejemplo de “chico problemático” (muchas veces, para la institución escolar, los problemáticos son los que no quieren quedarse sentados). Él trabajó mucho en la obra, y yo percibí esa adrenalina que deja el paso intenso por la escena. En esos días, una de mis compañeras de la escuela, profesora de las clases de apoyo, me comentó algo que le dijo este chico cuando fue a sus clases: “¡no sabés profe, hoy actué!” Pasó el tiempo, y hasta los grupos con los que más me había costado trabajar, que solamente se animaron a pasar y leer, me siguieron diciendo: ¿trajiste el velador?   

 

La dramaturgia y la escena


Hace tiempo me vengo preguntando qué es ser profesora de Letras. O más bien qué me significa a mí. Después de haber estado años leyendo a otros/as, borrando en gran parte mi propia voz, reencontrarme con la escritura personal desde lo escénico es un lugar que me hace aferrarme a tantas cosas. También al aula; ese lugar, como dije al principio, impredecible. Y tan lleno de creatividad. Hacer teatro, en todas sus facetas, me ayudó también a confiar en mis decisiones en el aula. 


Detrás de estos pensamientos, hay una historia. Siempre escribí. Siempre estuvo dando vueltas lo escénico en mi vida. Pero hace poco tiempo, unos tres, cuatro años, empecé a encontrar conexiones. En todo este tiempo de escribir teatro y transitar la danza y la actuación,  descubrí que lo que estaba escrito (a diferencia de lo que creía) se volvía otro discurso en la escena. Pasaban otras cosas. Para mí, mucho más interesantes.

Como autora, hay algo que me suele dar vueltas por la cabeza. Escuché muchas veces anécdotas de escritores/as enojados/as porque las puestas en escena o filmaciones de sus textos no tenían nada que ver con lo que habían escrito. Esa fidelidad al texto, que muchas veces se traduce en un supuesto respeto por sus palabras, se me vuelve muy lejano. Soltar el texto implica, justamente, liberarlo de ese peso de la palabra escrita como documento. Cuántas veces me pasa lo mismo dando clases. Las lecturas de los/as chicos/as se vuelven impredecibles y maravillosas, porque reconfiguran y estallan la idea de lo que supuestamente deberían leer. Lo mismo me pasó con Amenazas. La obra estalló por todos lados. Y es eso lo que me fascinó. 

Galpón Momo Teatro y Teatro por la identidad. Lo colectivo en la escena.

Desde el año 2016 me sumé a trabajar en el grupo Galpón Momo Teatro. Primero, como dramaturga (participando en la adaptación de un texto); luego, como asistente de dirección. Desde Amenazas, también, como actriz. A mediados del 2017 presenté mi obra Amenazas  (que forma parte del libro Girando se encuentra el sol, publicado por la editorial platense Malisia en el 2015) en Teatro por la identidad. Que la obra haya quedado seleccionada en el marco de microrrelatos, implicaba llevarla a escena en no más de diez minutos. Cuando escribí Amenazas pensé, siempre, en cómo sería llevarla a escena. Lo que pasó después fue muy distinto a lo que había imaginado. Los cuatro personajes (un hombre y una mujer ancianos, una joven y un muchacho) se transformaron en cinco mujeres. La palabra se volvió acción. Todo el texto se recortó en un monólogo y poco más de un diálogo. La bicicleta, protagonista en el texto, se transformó en cinco timbres sonando a la vez. No había una traducción literal del texto pero sí estaba el universo de Amenazas: las mismas tensiones, ausencias, y el juego como un atisbo de lo vivo, un grito necesario y vital. 

Teníamos poco tiempo pero muchas ganas de participar. Como decía antes, a diferencia de lo que proponía el texto éramos cinco actrices; muchas veces, primero por confusión y después por decisión, llamamos a la obra “Amazonas”. Decidí que yo también quería actuar. Me pasó algo muy particular: quería estar en escena, pero no sólo con mis textos. De a poco tenía esa sensación de algo que me faltaba, que no alcanzaba. Cosa rara decir y escuchar mis propios textos. Cosa más rara aún sentir que esos textos ya no eran míos. Raro y bello pensar los textos no-propios sino colectivos, sueltos en otras voces y cuerpos no imaginados. Primero leer la obra, luego pensar y crear imágenes, llevarlas al cuerpo, mostrarlas. Encontrarnos las cinco mujeres (no dejo de pensar en toda la potencia que tenemos, más aún cuando estamos juntas). Si Amenazas es un texto de ausencias y encierro, nuestra propuesta desde lo escénico fue todo lo contrario: ropa deportiva, luchas cuerpo a cuerpo, saltos gimnásticos. Seguramente ese universo amenazante nos propuso la necesidad, el deseo, de volverlo mucho más vital; la posibilidad de lo vivo frente al dolor de la ausencia inexplicable. La experiencia fue intensa. Por primera vez actuar frente a un público muy grande (Teatro por la identidad es un evento muy importante en nuestra ciudad). Trabajar en una obra propia. Actuar con amigas y compañeras que respeto mucho. Tener como director a un amigo. Ser un grupo. Nos juntamos a leer la obra. Hicimos ejercicios de escritura para pensarla. Creamos imágenes y las mostramos. Entonces fue surgiendo ese universo escénico, muy distinto al que había pensado, pero muchísimo más vital. Tenía que aprenderme mi propio texto y no podía, me lo olvidaba. Todo se me volvía ajeno y propio. Fue un proceso muy emotivo, también, sentir esa confianza en los demás. Saber que podía escribir pero también actuar. Confianza en el grupo, en el trabajo colectivo. Y después, el vértigo. Más tarde, las ganas de seguir. Y yo, que siempre creí que era puro texto escrito, de pronto vi mi obra casi sin palabras. Pero estaba ahí, entera. Había una pose de escritora que yo conocía y que me incomodaba. Una pose de actriz que conocía y que también me incomodaba. Entonces, ¿qué soy arriba del escenario? ¿Qué soy en el aula? Se me vienen esas preguntas y forman parte, de algún modo, de lo mismo. ¿Qué hacemos cuando esas poses no nos identifican? Por lo pronto, hacer. Accionar. A diferencia de lo que muchas veces me hicieron creer o me enseñaron (la seguridad del docente frente al curso, la seguridad de la actriz en escena), saltar al vértigo de lo que nunca es seguro. Si hablo de vértigo es porque todo lo que parece seguro en la escena se vuelve sumamente impredecible. Y me gusta que pase eso. Tantas veces en mi formación en Letras me llenaron de respuestas. Y ahora el teatro me llena de preguntas. Y creo que llenar el aula de preguntas da mucho miedo, pero hace crecer todo. Lo vuelve vivo. 
 
Notas de un director

Hace un tiempo, en una clase de teatro, alguien dijo “todo texto es literario hasta que se demuestre lo contrario”. No importa si fue escrito por un dramaturgo, un poeta, un novelista o durante una improvisación colectiva. El texto es literario. No importa el género ni la intención de autor. Es literario y se tiene que demostrar lo contrario. 2500 años de textos dramáticos puestos en duda. ¿Pero cómo? ¿acaso, mi profesora de letras me mintió cuando nos hacía leer de una clase para otra Shakespeare, Sófocles y el infaltable Casona y su Dama del Alba? ¿Teatro no es algo que se lee en la asignatura de Lengua y literatura? Y, claro, la pesada presencia del autor, esa cabeza privilegiada de la cual brotan palabras, personajes, decorados y didascalias, donde se aclara con precisión cómo dicen esos personajes y en qué lugar: enojado, parado en una silla, mira con desdén. 
Recuerdos de aulas, docentes intentando inyectar algo de entusiasmo, y pasar de la lectura silenciosa a una lectura de por lo menos tres personas, dos que leyeran los diálogos y uno las didascalias. Las cabezas embotadas, los cuerpos sujetos al banco. Hace falta algo, y no hablo del decorado, sino de una especie de rebeldía, la del cuerpo en el espacio. Vuelve la sospecha, la literatura es maravillosa, sí, pero el teatro como literatura es inerte, sencillamente no funciona, se vuelve lejana y en cierto punto incomprensible. Sí, claro, Hamlet quiere vengar la muerte de su padre, pero… ¿por qué tanto palabrerío? Tal vez la acción de matar al asesino no sea tan sencilla, decirlo es una cosa, hacer es otra muy diferente. Y quizás por este motivo, esa palabra escrita tiene que ser probada, puesta en movimiento, en tensión, traicionada por cuerpos que desean y que muchas veces dicen porque no pueden hacer otra cosa. Necesitamos de todos nuestros sentidos para comprenderlo, con leerlo no alcanza. No es nada, hasta que aparece la acción. Esto en un aula puede ser revulsivo.


Mientras escribo, otro recuerdo me viene a la mente y se hace presente. Estaba en mi primer, y último, año en la carrera de letras. Un año antes ya había comenzado un taller de teatro y a los meses me encontraba siendo el asistente de dirección de mi profesor. Estaba montando la obra de una reconocida dramaturga argentina, y el director había decido incluir un personaje que no estaba dentro de la obra original. Una pequeña traición. Esto implicaba que los textos de este nuevo personaje fueron escritos por el mismo director. Recuerdo leerlos y quedarme sorprendido, no tenían mucho sentido, tenían problemas de puntuación y le faltaban cierta pulcritud, eran particulares, “raros”. Como buen estudiante de letras también tenía mis pretensiones de escritor, por lo que me dispuse a “corregirlos”, inyectarles un poco de lengua y literatura, sintaxis, sujetos, predicados y coherencia. Un esfuerzo inútil destinado al fracaso. Por un lado, el actor ya se había aprendido esos textos impuros y no iba a escuchar ninguna sugerencia de modificarlos, era ya un tipo grande con sus mañas y yo un asistente primerizo. Por el otro, cuando lo escuché decirlos y los vi en el espacio, con sus acciones y desplazamientos, de pronto parecían tener todo el sentido y coherencia del mundo. Era muy sencillo de entender aquello que en la hoja impresa era un rompecabezas, no tenían un sentido unívoco, no era sólo lo que querían decir. El actor no era un mero intérprete de la palabra escrita, hacía algo más. Qué hacía, en esa época y aún hoy, se me vuelve un misterio. Pero, claramente, no era teatro para ser leído. Como se preguntaban algunos viejos maestros, ¿qué diferencia habría, sino, entre quedarme en mi casa leyendo el libro e ir a ver la obra?

Amenazas surge de la fricción de varios elementos; en un contexto de fuerte trabajo de un grupo que venía entrenando todos los sábados y ensayando el espectáculo Proyecto Cero para ser estrenada en diciembre. No todos los que entrenaban actuarían en la obra, y como suele suceder cuando se conforman grupos de entrenamiento, llega un momento en el que lo escénico se vuelve una necesidad. Entonces, el texto de Amenazas queda seleccionado para Teatro por la identidad. Poco tiempo, pocos recursos y una obra bellísima, pero imposible de adaptar tal cual estaba escrita a los 10 minutos que nos exigían los organizadores. Hubo mensajes, preguntas, preocupación y sobre todo manija. ¿Qué querés hacer con esto? Hay que condensar bastante, ¿te imaginás gente de la edad de los personajes de la obra? ¿quiénes del grupo quisieran estar? Las mujeres levantaron la mano, cinco mujeres… bien, Gi, tenemos 5 mujeres, olvidemos los personajes tal cual fueron escritos. ¿Lecturas? Claro, silenciosas, en voz alta, grupales, relecturas. Pero, ¿ponemos una bicicleta? Un espacio, el patio, plantas, el encierro de estas cinco mujeres, ¿qué hacen, por qué están ahí? Tal vez se preparan, se ejercitan para algo que no sabemos qué o para no olvidar, para no entumecerse en la parálisis de… no sabemos… La ausencia como tema, eso que no está, incluso la obra original. Trazar puentes, ¿qué elementos del entrenamiento podrían servir como plataforma para el uso del cuerpo y del espacio? Diálogos que suenan a micromonólogos, monólogos que son dichos por todas al unísono, bocas que se amordazan con la propia mano. Crear un imaginario de la obra a partir de asociaciones, la promesa de traición a la autora, ella misma prestando su cuerpo a sus palabras, siendo cómplice, conspirando contra su propio libro para crear algo nuevo. Su cuerpo también desea, muta de la profe de literatura, se torsiona y transmuta en algo nuevo. Ya no puede escribir como antes, vaya si el teatro es peligroso. Ya no es tan pulcra, escribe desde y para el cuerpo, no ya textos sino voces que ocupan y desgarran el espacio. Lo literario se ha vuelto orgánico, visceral, con latidos, sudor y respiración agitada. De tanto perderse, algo se había encontrado.


Un grupo, entonces, ya sea en un aula o de teatro, debería ser esa posibilidad de múltiples posibilidades. Un no sé, donde acompañarse a hacer. ¿Qué soy? Actor, director/a, actriz, dramaturga/o, pedagogo/a, productor/a, investigador/a, docente, aprendiz, alguien que pasa. Tal vez todo eso, y más. Tal vez nada de eso. Parafraseando, el teatro es de esas cosas que sólo pueden ser reales cuando se comparten.